La historia de los pueblos indígenas de Nicaragua puede ser vista como un largo ocaso, un declinar continuo y doloroso que se aferra a la tierra para no ser absorbido, definitivamente, por las tinieblas.
Desde que Cristóbal Colón bautizara el cabo Gracias a Dios apenas nacido el siglo dieciséis hasta el final de la guerra contrarrevolucionaria en mil novecientos noventa, los pobladores de las riberas del Wangky, mayangas y miskitos, han sido utilizados por los bandos enfrentados sobre el tablero de sus selvas como peones invisibles de estrategias diseñadas en Madrid, Londres, Washington o Managua.
Desconectada del Pacífico nicaragüense por una geografía agreste y el ansia de riquezas más accesibles, la región mosquitia permanece, desde el siglo diecisiete, en la órbita anglosajona. Utilizada en principio como base para las flotas piratas, pronto comenzó el saqueo de sus maderas preciosas, tabaco, maíz, tortugas y esclavos. Un rey miskito impuesto por los ingleses, la lejanía de los gobernadores españoles y la callada presencia de los navíos de su Majestad en aguas de Gracias a Dios bastaron para cimentar un poder de esfuerzo mínimo y máximo beneficio.
La independencia de Nicaragua no llevó grandes cambios a la región, que se integró definitivamente a la nueva república en mil ochocientos noventa y cinco. No sorprende que la primera medida del entonces presidente Zelaya fuera apropiarse, para mayor gloria de su estirpe, del diez por ciento de las tierras de la región.
Pese a tanto sobresalto, imposiciones externas, saqueos y largas hambrunas, la vida en el Wangky no sufrió cambios radicales. Las familias se agrupaban en modestas comunidades cercanas al Río Coco, cultivaban su tierra, cuidaban de unas pocas cabezas de ganado y subsistían en cierta armonía con el espíritu del bosque y, en especial, del río. Pero la intervención estadounidense en la guerra civil de Nicaragua, la llegada de las transnacionales, la imposición de haciendas bananeras, la explotación intensiva de los bosques y el trabajo forzado en las minas de oro del sur de la región supusieron un cambio radical. En apenas cuarenta años, miskitos y mayangas pasaron de vivir en comunión con la naturaleza a ser peones semi esclavos de las grandes compañías g
Cuando, en los años treinta del siglo veinte, los desarrapados soldados de Sandino se empeñaron en expulsar de Nicaragua a las fuerzas de ocupación, buena parte de la población del Wangky vio en aquella pretensión de tintes épicos una amenaza a su forma de vida. Uno de los objetivos de aquel pequeño ejército loco era, precisamente, el capital extranjero que esquilmaba la región, el mismo que pagaba sus raquíticos salarios de subsistencia. Pero, tras la desbandada de los marines, Somoza supo sustituir su ocupación externa por la ocupación interna de la Guardia Nacional. Nada cambió. La dependencia de las grandes corporaciones extractivas se perpetuó como forma de vida ribereña. Silicosis, asma, enfermedades degenerativas causadas por fumigantes como el Nemagón, se integraron a un paisaje que, en lo externo, mantuvo la idílica imagen de pequeñas comunidades acurrucadas en el regazo tortuoso del Wangky.
El triunfo de la revolución sandinista alteró, a peor, aquel equilibrio decreciente. El empuje popular que barrió Nicaragua modificando sus estructuras, sus creencias y su geografía fue visto en el Atlántico como una ola uniformadora impuesta por los “nuevos españoles”. Las multinacionales que, al calor de la dictadura somocista, florecían en la región, huyeron con los bolsillos bien cargados dejando a sus espaldas un erial de bosques esquilmados, minas vacías y desempleados sin futuro, sin perspectivas ni esperanzas. El recelo que, entre los costeños, despertó la lucha de Sandino se agudizó con la llegada al poder del F.S.L.N. Miles de miskitos cruzaron el Wangky para alistarse a las fuerzas de la contrarrevolución.
Pronto el río, territorio sagrado de aquellas etnias pero simple frontera para los estrategas de la guerra, se transformó en un campo de batalla entre Washington y Managua, que utilizaron a los indígenas como fuerzas desechables en sus estrategias. La respuesta sandinista a la agresión desde Honduras fue la peor posible. Su ejército desalojó a los mayangas, a los miskitos, de sus milenarias comunidades a la ribera del Wangky, y “para protegerles”, les impuso nuevos asentamientos que modificaron radicalmente el mapa de la zona. La pista Rosita-Bilwi, primera y única carretera que unía ambas costas del país, pasó a ser el eje vertebrador de un territorio donde miskitos y mayangas, obligados a abandonar su río, se sentían extranjeros. Para salvar sus vidas, se les robó el alma. El resquemor, el odio incluso contra un gobierno que en sólo cuatro años acabó con su forma de vida, sus tradiciones y su propia cosmovisión, no llegó a aplacarse ni con la firma de los tra
tados de autonomía de mil novecientos ochenta y ocho.El rumor del Wangky me arrullaba mientras, el café helado entre las manos, escrutaba la oscuridad atendiendo a las palabras de Adrián, su somero resumen de una historia común a los pueblos indígenas del planeta. Meciéndome en la hamaca, saboreando el cálido olor a leña de nuestra cocina, no podía dejar de preguntarme qué hacía allí alguien como él, sandinista hasta la médula, luchando por alfabetizar en sus propias lenguas a estos pueblos que fueron sus enemigos, y haciéndolo, además, de mano de una asociación de nombre “Carlos Fonseca Amador”
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