En un período de ocho años visité este lugar, atado a mis recuerdos y mi propia historia, en cinco ocasiones. Y esa sensación de tranquilidad, de oasis anclado en la cotidiana locura nicaragüense, se mantuvo intacta. Cayeron algunos edificios, se alzaron otros. Nuevos turistas extranjeros compartieron arena y ocaso con las decenas de nicas que, apretujados en mortecinos ruteados alquilados cada fin de semana para una excursión de perenne estío, llegaban a disfrutar de un sábado de sol y carreras a la tranquila orilla de un Pacífico pacificado por la bahía.
Hoy, seis años después de mi última visita, me encuentro en una localidad en nada diferenciada de tantos y tantos parajes exóticos amaestrados para servir al dólar y a cientos de jóvenes estadounidenses de largas greñas y tablas de surf colgadas de unas espaldas siempre anchas. Como una plaga o, quizá, una bendición, se han multiplicado los hoteles, los restaurantes, las discotecas. Todos con nombres en inglés, todos con cartas en inglés, todos con precios muy alejados de la precaria capacidad económica del país.
Deseo, sinceramente, que esta invasión, no tan incruenta como pudiera parecer, redunde en beneficio de la población. Pero albergo demasiadas dudas, he visto el ejemplo de demasiados lugares en distintos continentes, para creer lo contrario. Tras el espejo del neón, tras las largas cabelleras rubias y las sonrisas en perfecto bronceado y acento anglosajón, se esconde una miseria cada vez peor y más sangrante.
Ojalá San Juan del Sur sea más rápido que el destino. Ojalá su bienestar, el bienestar de la población en general, ascienda a la velocidad a la que lo hacen los precios de los restaurantes. Yo, de momento, no lo he percibido. Y no creo que regrese a éste que fue mi particular refugio de una noche. En su acelerado tránsito hacia la economía global, hacia el turismo masivo, San Juan del Sur ha perdido, ha vendido, o le han robado, lo único que le diferenciaba de tanto paraíso de aguas cristalinas diseminado por el planeta: su esencia nicaragüense. Salud, y hasta siempre, Gringotico.
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