
Cuando anochece, regresan los espectros. Fríos, lívidos, sus rostros danzan descarnados ante mi ventana, fosforescencias imperceptibles que resbalan sobre los cristales húmedos de llovizna y lágrimas de recuerdo. Con cuencas vacías me buscan, me llaman con mandíbulas agrietadas, con ecos sin voces. Y aquí sigo, pendiente de una señal, quizá una nota que resbale con cansancio de siglos sobre el aire cargado, sobre las paredes de papel ajado, ennegrecido. Pero las palabras, sonidos que fingen brotar de las bocas destrozadas, son visiones que no logran traspasar el valladar de los cristales.
Es entonces, sumergido en una noche inacabable, cuando me siento vivo. Entonces comprendo que no estoy solo, que este encierro permanente, esta reclusión eterna, no es la desolación perdida en el espacio, como insinúa Ulises con gesto frustrado, ni tampoco la antesala de una prisión más estrecha y más arisca, como suspira Alana en cada mohín de coqueta ingenuidad. La presencia de ánimas de huesos translúcidos al otro lado de los vidrios me recuerda que existe algo más allá, algo a lo que aferrarme, algo en que creer en estas horas preñadas de tedio. Y aunque Basile afirme que ese algo no es sino la muerte que me acecha, puedo obligar a Basile, a Ulises y a Alana a guardar silencio, a difuminarse y desaparecer porque, después de todo, ninguno de ellos es más que producto enfermizo de mi ociosa imaginación.
El día es diferente. De día no hay vida, no hay espectros danzando en mi ventana, ni afloran a las esquinas los escuálidos cuerpos de mis gruñonas invenciones. De día sólo existen las paredes que me cercan, la silla, la mesa, y el marco apolillado de la ventana donde, millones de horas perdidas, cincelo con el sudor agrio del hastío las huellas de mis palmas. La luz se filtra sin ganas, roza mi rostro sin afeitar, mis ojos siempre humedecidos, siempre anhelantes, barre la oscuridad de las esquinas y limpia cada rincón de polvo y ficciones. Pero, al otro lado, no hay nada. Un desierto de blancura perfecta, demasiado perfecta y, en contadas ocasiones, un fugaz centelleo en lontananza, un chispazo, una tormenta que busca nacer y extenderse, que busca regar de calma los ardores, sembrar lluvia, sembrar sombra y sosiego en el infinito nevado. Pero sólo eso, un amago indeciso, un brillo exiguo, y luego, repetida, la nada.
No me gusta el día. Cuando la luz me asalta de improviso y el cuartucho muestra el estado avejentado de sus paredes, es difícil sacar de sus guaridas a mis amigos, es difícil la plática, la disputa. Aunque sean de natural agorero, aunque de sus labios que imagino hinchados, agrietados, nazcan lamentos y frustraciones, disfruto con sus declamaciones exageradas, con sus muecas de pavor cuando, sin ruido, emergen a sus espaldas las ánimas nocturnas. El día es largo, árido. Cansado. Sólo la noche me gusta.
Espero con ansiedad, con impaciencia infantil, la llegada de las sombras, el declive inevitable de un sol que nunca he visto, el arribo sigiloso de las tinieblas, largos dedos de penumbra esparcidos sobre el suelo y las paredes, colgados del techo inalcanzable, que me rodean y me envuelven. Es entonces cuando, a salvo de miradas indiscretas, protegidas de curiosos y cazadores de sueños, las siluetas aparecen encorvadas en la silla, acuclilladas sin rubor en una esquina, o arrebujadas bajo la protección precaria de la mesa. Pero jamás se acercan a la ventana. Allí, al otro lado, flotan los fantasmas, escrutan sin pupilas el interior del aposento, resbalan sus rostros deformados sobre los cristales.
Es Alana quien más les teme. Oculta bajo el tablero de plástico agrietado, murmura extrañas oraciones con su apagada vocecita, timbre que roza la histeria al herir, con derroche de agudos, mis tímpanos sorprendidos. Porque yo no veo nada malo en los espectros, en su continua compañía, en sus vuelos alocados, globos sin cordel descabezados por algún niño en la lejanía de los tiempos que buscan, sin saberlo, sin poder reconocerlo, quien les comprenda y acompañe. Ellos no. Ellos les odian.
Esta noche, mientras Alana solloza sonidos ininteligibles en su refugio, mientras Ulises permanece clavado en una esquina, vigilando las óseas luminarias con ojos desorbitados, Basile desgrana los manidos argumentos que tantas veces he tenido que escucharle. Es el más viejo de los tres, el más experto. Habla en susurros entrecortados, como si el aire le faltara, como si los pulmones jadeantes apenas digirieran un oxígeno aspirado en urgentes bocanadas. Afirma –es su teoría- que sólo el pitido mantiene a los espectros alejados, que sólo ese sonido intermitente, un ir y venir perenne y sibilante, ahuyenta a quienes él llama mensajeros de la muerte. Noche tras noche, este ser nacido de mi mente, monigote ilusorio que lucha por tomar forma, insiste en apartarme, en contener esos deseos que germinan impulsivos en mi vientre, un anhelo desconocido que me impulsa a caminar, a llegar hasta el marco podrido de años y, alzando la hoja, dar rienda suelta a la noche y sus visiones, fundirme con ellos en inesperada comunión de huesos roídos y destellos apagados. Pero sé que no puedo. Sé que no se abre la ventana, no se escapa de esta prisión de paredes inciertas, no se vuela en el espacio como un papalote de telas brillantes y larga cola de papel charol.
Y, de repente, Basile me toma de la mano, aprieta hasta hacerme daño. Se tensa su rostro curtido, en sus ojos el pánico se desborda y sus labios dibujan un macabro rictus de terror. Entonces lo escucho. Escucho el pitido, un sonido que los años borraron de mi memoria. Un pí - pí tedioso, anidado en mi cerebro desde tiempos olvidados, invisible por el aburrimiento de su secuencia matemática. Lo escucho, porque ha cambiado. Cada golpe, cada eco, es más espaciado, más difuso que el anterior. Alana solloza aferrada a mi pernera. Ulises se dobla contra las paredes, gime y vomita en ácidos borbotones. Basile clava las uñas en mi brazo inerte. Y cuando desaparecen, cuando el sonido es uno solo, un píííí continuo, sordo y mecánico, los espectros me rodean. Ya no hay paredes ni ventanas, ya no hay luz y no hay prisiones. Ahora, unido a su eterna compañía, puedo volar, puedo ser libre, en la inmensidad oscura de la muerte.